¿Cúal es el significado de la Navidad?
¿Cúal es el significado de la Navidad?
El origen de la palabra Navidad
La palabra “Navidad” viene del latín dies nătālis, que significa literalmente “día de nacimiento”. Ya en el origen de la palabra está esta idea tan simple y tan profunda: el significado de la Navidad es, sobre todo, un tiempo de nacimiento.
Por eso, cuando hacemos el belén, no solo estamos repitiendo una bonita tradición de casa, sino participando en un ritual de nacimiento. El belén es eso: honrar un nacimiento.
Muchas personas se preguntan qué significa realmente la Navidad más allá de la religión. La tradición cristiana dice que es el nacimiento de Jesús, pero el símbolo es mucho más antiguo.
Navidad y solsticio de invierno: el nacimiento de la luz
Mucho antes del cristianismo, muchas culturas ya celebraban el solsticio de invierno: la noche más larga del año, a partir de la cual la luz empieza a ganar terreno a la oscuridad.
Ya en tiempos neolíticos, túmulos como Newgrange en Irlanda o Maeshowe en Escocia, y más tarde templos como el de Karnak en Egipto, se construyeron alineados con el sol del solsticio de invierno, de modo que la luz naciente penetra hasta el corazón del santuario como un verdadero renacimiento del sol.
En Roma (siglo III) el 25 de diciembre se celebraba el Dies Natalis Solis Invicti, el “nacimiento del Sol invicto”: una fiesta en honor al dios-sol, justo después del solsticio, cuando la luz empieza a ganar a la oscuridad.
En la antigua Persia y zonas vecinas, la Noche de Yalda (o Shab-e Yalda) celebra el solsticio como el renacer del sol; la palabra Yalda significa literalmente “nacimiento” y está asociada al nacimiento de Mithra, divinidad de la luz y de la verdad.
Y no solo allí: los mayas viven los solsticios como el giro de un ciclo que vuelve a empezar, los aztecas honraban en diciembre el renacimiento anual del dios-sol Huitzilopochtli, el hinduismo celebra con Makara Sankranti el inicio del camino ascendente del sol hacia la luz, y la tradición china ve en el solsticio de invierno el nacimiento del Yang, la energía de la luz que vuelve a crecer.
Es decir:
Mucho antes de hablar del niño Jesús, la humanidad ya se detenía en estos días para celebrar que la luz vuelve a empezar.

Del nacimiento del Sol al nacimiento de Jesús
Cuando el cristianismo se extendió por el Imperio romano, la fiesta de Navidad se fijó el 25 de diciembre. No conocemos la fecha real del nacimiento de Jesús, pero esta fecha encajaba perfectamente con las fiestas solares del momento, como el Sol Invictus y el ciclo de Saturnalia.
Así, lo que antes era el “nacimiento del Sol” pasa a ser el nacimiento de Jesús, entendido como la luz del mundo. El mensaje profundo sigue siendo muy parecido:
En la noche más larga, nace una nueva luz.
Una nueva luz interior que, en realidad, nace cada año dentro de cada uno de nosotros. La Navidad nos da la oportunidad de renacer, de hacer espacio para que una manera nueva de ser, de amar y de mirar el mundo pueda nacer dentro de nosotros.
Aquí es donde el significado del belén se conecta con el solsticio de invierno y con la idea de la Navidad como oportunidad de renacimiento interior.
El belén: un ritual de Navidad para el renacimiento interior
Desde esta mirada, hacer el belén es mucho más que un hecho religioso o el recuerdo de un acontecimiento de la infancia. Se convierte en un ritual de Navidad que nos recuerda este nacimiento interno, un símbolo de un proceso de renacimiento que se renueva cada año: en el corazón del invierno, cuando todo parece quieto y desnudo, nace una semilla de luz en el interior de las personas.
Durante el invierno, esta semilla interior se cuida en silencio. Es tiempo de interioridad: de detenerse, de escucharse, de dejar que aquello que ha nacido por dentro encuentre forma y palabras. Igual que el niño del belén necesita calor y protección en medio de la noche, lo que empieza a nacer dentro de cada uno pide espacios de quietud, gestos pequeños pero constantes, una presencia amable que no juzga ni fuerza, solo acompaña. El paisaje externo puede ser frío y desnudo, pero dentro hay calor de hogar.
Cuando llega la primavera, esta semilla empieza a mostrarse en forma de cambios, decisiones y gestos nuevos. Aquello que había sido solo intuición o deseo se traduce en acciones concretas: una manera diferente de relacionarse, un proyecto que se inicia, un límite que nos atrevemos a poner con más firmeza. Es el tiempo en que lo que se ha gestado en el interior sale a la luz y empieza a dialogar con el mundo.
En verano, esta semilla llega a su plenitud. Lo que ha nacido se despliega, crece, se muestra con fuerza y da fruto. Es el momento de ver los resultados del proceso iniciado en invierno: relaciones más cuidadas, creatividad, decisiones que toman cuerpo, una sensación más profunda de coherencia entre lo que se siente y lo que se hace. La luz de Navidad que en diciembre era solo una chispa interior se convierte ahora en una presencia más clara, que ilumina la manera de vivir.
Con el otoño, lo que ha crecido se transforma. Algunos frutos se recogen y se guardan; otros se dejan ir. Hay procesos que se completan, formas que ya han hecho su servicio y que se pueden dejar morir. Es un cierre natural de ciclo: lo que se ha vivido y aprendido se integra, y al mismo tiempo se hace espacio para que el corazón no se llene de inercias ni de peso innecesario. La naturaleza que se desnuda recuerda que, para volver a nacer, también hace falta saber dejar caer.
Vive la Navidad como una oportunidad de renacimiento interior.
Así, cuando vuelve la Navidad, un nuevo nacimiento interior es posible. El belén deja de ser solo la escena fija de un nacimiento lejano y se convierte en un espejo de este movimiento profundo: cada año, algo puede nacer de nuevo dentro de cada uno, crecer, dar fruto y volver a transformarse.
Contemplar el belén, en este sentido, es una manera preciosa de reconectar con el verdadero significado de la Navidad:
Igual que el sol y la naturaleza, la vida interior también puede renacer una y otra vez, dejando que la luz vuelva a nacer en medio de cada oscuridad.
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